PRIMER PREMIO: "LOS VIGILANTES DEL MAÑANA" DE JOSE MARÍA REMESAL
La noche en que la inteligencia artificial entró definitivamente en mi vida, no hubo fanfarria ni aplausos. Solo un mensaje escueto en la pantalla de mi teléfono: «Tu ciudad está lista para el despliegue. Bienvenido al cambio». Era el anuncio oficial del Gobierno sobre el lanzamiento de Altrúa, el nuevo sistema estatal de bienestar social asistido por IA. Un nombre extraño, mezcla de altruismo y vigilancia. Prometía, según el comunicado, “garantizar la justicia social a través del análisis predictivo, la gestión eficiente de recursos y la prevención de riesgos humanos”. Nadie supo muy bien qué significaba aquello, pero sonaba moderno, necesario, inevitable. Yo me llamo Sara Villas. Tenía entonces cuarenta y tres años y trabajaba como asistente social en un municipio costero del sur, de esos que no salen nunca en los periódicos salvo cuando hay riadas o elecciones. Llevaba años lidiando con los márgenes del sistema: madres que no podían pagar la luz, jóvenes sin futuro, ancianos...