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PRIMER PREMIO: "LOS VIGILANTES DEL MAÑANA" DE JOSE MARÍA REMESAL

  La noche en que la inteligencia artificial entró definitivamente en mi vida, no hubo fanfarria ni aplausos. Solo un mensaje escueto en la pantalla de mi teléfono: «Tu ciudad está lista para el despliegue. Bienvenido al cambio». Era el anuncio oficial del Gobierno sobre el lanzamiento de Altrúa, el nuevo sistema estatal de bienestar social asistido por IA. Un nombre extraño, mezcla de altruismo y vigilancia. Prometía, según el comunicado, “garantizar la justicia social a través del análisis predictivo, la gestión eficiente de recursos y la prevención de riesgos humanos”. Nadie supo muy bien qué significaba aquello, pero sonaba moderno, necesario, inevitable. Yo me llamo Sara Villas. Tenía entonces cuarenta y tres años y trabajaba como asistente social en un municipio costero del sur, de esos que no salen nunca en los periódicos salvo cuando hay riadas o elecciones. Llevaba años lidiando con los márgenes del sistema: madres que no podían pagar la luz, jóvenes sin futuro, ancianos...

SEGUNDO PREMIO: "EL DÍA QUE MÍA DEJÓ DE COLECCIONAR FINALES" DE TAMAR BLANCA

  Mía coleccionaba finales. No mariposas disecadas en cajas de cristal, ni cromos de futbolistas con sonrisas repetidas, ni pegatinas brillantes como hacían sus compañeras de clase durante el recreo. Mía, con una seriedad que a veces desconcertaba a los adultos y una paciencia impropia de su edad, coleccionaba finales porque estaba convencida —aunque nadie se lo hubiera explicado nunca— de que los finales eran lo único que la gente no sabía cuidar. Los veía abandonados en los bordes de las conversaciones, deshilachados en despedidas demasiado rápidas, escondidos bajo la prisa de los días o disfrazados de normalidad cuando en realidad estaban pidiendo, en silencio, que alguien los mirara de frente. Y Mía miraba. Miraba con esa atención limpia que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a apartar los ojos cuando algo duele. Todo empezó el invierno en que su abuelo olvidó cómo se llamaba. Al principio fueron despistes pequeños, casi invisibles para quien no prestara...